Las
matizaciones son rechazadas a menudo en el debate. Se suelen preferir
las posiciones sin fisuras, rígidas, de una sola pieza, porque ello
conlleva sensación de comodidad y, sobre todo, de seguridad. Así,
el intento de introducir según qué puntualizaciones suele conducir
a confusión y a acusaciones infundadas: cuando, aun defendiendo una
determinada posición, se ven y destacan los matices de las
cuestiones desdibujando la total integridad de esa posición, es
habitual que inmediatamente y sin esperar a mayores aclaraciones se
tome la parte por el todo y aparezcan las sospechas de estar
alineándose en el frente opuesto, como si fuera imposible el
detectar inconsistencias, siquiera mínimas, en la propia postura. En
definitiva, como si la autocrítica fuese algo inapropiado, cuando en
realidad se trata de una herramienta enormemente valiosa para mejorar
y reforzar el propio pensamiento, ya que sirve para detectar sus
puntos débiles y así poder solventarlos. Pero la autocrítica es
trabajosa, incomoda y asusta, resta seguridad en uno mismo e incluso
puede poner a prueba nuestro orgullo. De ahí la tentación de
rechazarla.

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