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viernes, 10 de marzo de 2023

SÁNCHEZ: "PREHISTORIAS DE MUJERES"

 

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Marga Sánchez Romero

Prehistorias de mujeres

Destino, Barcelona, 2022

 

Marga Sánchez Romero es catedrática de Prehistoria y divulgadora científica en diversos medios y se encuentra implicada en proyectos y cargos académicos relacionados con la mujer. Este libro recoge, en tono divulgativo, algunas de sus conclusiones tras más de dos décadas investigando en arqueología prehistórica desde una perspectiva de género (en el propio libro narra la experiencia personal que le llevó al interés por este enfoque).

La intención principal de la obra es mostrar que, tradicionalmente (y fundamentalmente a partir del siglo XIX, que es cuando se desarrolla la ciencia arqueológica), la investigación sobre la prehistoria ha adoptado una perspectiva androcéntrica que ha proporcionado una interpretación sesgada del rol de la mujer en aquellos tiempos. O bien se la ha invisibilizado, o bien, cuando se la ha tenido en cuenta, ha sido para asociarla de manera estereotipada a funciones infravaloradas Por otra parte, ello se ha utilizado para justificar los presupuestos de la sociedad patriarcal hasta el día de hoy. Lo sucedido, en realidad, consistiría en que se habrían proyectado los prejuicios sobre la mujer existentes en la época sobre la interpretación realizada de esos tiempos pasados. A través del análisis de la cultura material que ofrece la arqueología, la autora mostrará lo científicamente erróneo de los anteriores planteamientos, lo cual obliga a reinterpretar el lugar de la mujer en las sociedades prehistóricas, revelando una participación en lo social mayor y diferente a la que se le ha venido asignando. Con ello, no solo gana la condición femenina, sino también un conocimiento científico inicialmente sesgado, que resulta más completo al dejar de obviar una gran cantidad de información (de hecho, el subtítulo del libro es “Descubre lo que no te han contado sobre nosotras”).

Tanto en el Prólogo (que corre a cargo de Miguel Ángel Cajigal, historiador del arte y divulgador conocido en los medios digitales como El Barroquista) como en la Introducción (de la propia autora) se exponen las intenciones y el planteamiento del libro, que ya hemos anticipado arriba. Se destaca la importancia de la prehistoria como periodo de la existencia de la humanidad y, en consecuencia, la gravedad de ofrecer una visión de ella sometida a sesgos ideológicos que da lugar a hipótesis interesadas las cuales acaban convertidas en clichés. Tal cosa ha sido lo sucedido con el papel de la mujer en las sociedades prehistóricas. Con respecto a esto, la versión académica consolidada no hace sino reflejar los prejuicios e intereses ideológicos contemporáneos, convirtiéndose así en uno más de los relatos legitimadores del patriarcado al precio de presentar un retrato incompleto del objeto de estudio. Sin embargo, tal relato no posee una auténtica base científica. Este libro vendría, precisamente, a aportar la información que permite desvelar una imagen más completa de las sociedades prehistóricas en la cual se observa a la mujer de otra manera, y ello a partir de las herramientas de la arqueología y, por tanto, a través de lo que nos cuenta la cultura material del pasado (como arqueóloga que es, la autora se centra fundamentalmente en el neolítico, si bien con algunas alusiones al paleolítico).

 

Cap. 1. Lo que se espera de nosotras

Cap. 2. Lo que se dijo de nosotras

En estos dos capítulos iniciales se expone el planteamiento general al que responderán los restantes contenidos del libro, y que es el anticipado en el prólogo y la introducción, y que por tanto ya hemos expuesto en buena medida. Así, se critica la invisibilización de la mujer por parte de la arqueología oficial, lo que ha dado lugar a una historia incompleta, y se incide en la necesidad de adoptar una perspectiva de género en esta disciplina para evitar lo anterior. La arqueología habría sido uno más de los discursos que se han empleado para justificar la desigualdad de género, a partir de la creación de ciertos estereotipos referidos a una posición subordinada de la mujer en las sociedades prehistóricas. Así, la mujer queda ligada exclusivamente a la sexualidad, la reproducción, la maternidad, las labores de cuidado… y excluida de otros roles y actividades a los que, además, se otorga mayor valor y prestigio (a pesar de que, según la autora y como se desarrollará en posteriores capítulos, las actividades y funciones asignadas a la mujer “están en el centro de las dinámicas sociales de cualquier comunidad”). Se generan así estereotipos para lo masculino y lo femenino que se sostendrán hasta el día de hoy y que se consideran válidos porque representarían “lo que es natural”.

 

Cap. 3. Lo que se pensó de nosotras

La autora expone que las representaciones escultóricas de la prehistoria que retratan a la mujer (como las típicas venus) siempre han sido interpretadas en su significado y función en relación ya sea con la maternidad o con la sexualidad. Ello sirve a la autora para respaldar su tesis de que el paradigma arqueológico establecido se basa en determinados prejuicios: a falta de datos que permitan saber de manera fehaciente cuál podría haber sido el auténtico sentido de esas figurillas para quienes las fabricaron, se da por sentado que responden a los estereotipos contemporáneos (no solo contemporáneos, también anteriores, pero recordemos que el paradigma de la ciencia arqueológica que cuestiona la autora se construye en el XIX) según los cuales la mujer es vista o bien en su papel reproductor o bien como objeto de deseo.

 

Cap. 4. La desigualdad

Los restos arqueológicos nos muestran que ya en la prehistoria existía la desigualdad de género, en el sentido de que hombres y mujeres eran considerados de distinta manera. A partir de ello se suscita la pregunta acerca de cómo y por qué surge y se mantiene el fenómeno del patriarcado. La tesis expuesta por Marga Sánchez recuerda en lo esencial a lo propuesto por Beauvoir en El segundo sexo, aunque en la bibliografía correspondiente a este capítulo no existe ninguna referencia al respecto, ni tampoco a otras fuentes de las que parezca que puedan provenir estas ideas (solo se enumeran textos sobre asuntos más específicos de antropología y arqueología), por lo que no sabemos si hemos de pensar que la interpretación presentada es cosecha de la propia autora o ella quiere hacernos entender que así es. En resumen, de lo que habla Sánchez es de una jerarquización de géneros basada en relaciones de poder en la que la mujer queda subordinada a partir de, entre otras cosas (aunque no menciona cuáles), la situación de desventaja que supone su papel reproductivo. Se generan así identidades diferenciadas asociadas a distintas funciones, actividades y roles, diferencias que “se terminarán convirtiendo en desigualdades por decisiones culturales, sociales y políticas”, desde el momento en que un grupo determinado (los varones) percibe que ello conviene a sus intereses. La autora continúa afirmando que no existe evidencia de que jamás en ninguna cultura haya existido el fenómeno del matriarcado (aunque sí los de la matrilinealidad y la matrilocalidad, que pueden darse dentro de una estructura patriarcal). Y, finalmente, como muestra de las estrategias de control del patriarcado, se habla acerca del tabú de la menstruación.

 

Cap. 5. Aquí no pintáis mucho

Es este el primero de una serie de capítulos que se ocupan de analizar el hecho de que las interpretaciones arqueológicas tradicionales han negado la presencia de la mujer en determinaas actividades y espacios de las sociedades prehistóricas “sencillamente porque no encajaban con el discurso establecido”. En este capítulo se refiere al arte rupestre. Siempre se dio por sentado que esta había sido una actividad masculina de manera predominante o incluso en exclusiva, cuando no existe ninguna evidencia que avale tal interpretación, debida una vez más a “ideas preconcebidas e imaginarios actuales”. Al contrario, la autora aporta datos y argumentos a favor de la participación de la mujer en esta actividad. Sánchez suele relatar una anécdota que ilustra perfectamente el androcentrismo a cuya mirada prejuiciosa se enfrenta con su trabajo. Cuenta que, cuando expone lo anterior, a menudo hay alquien que pregunta “y cómo sabe usted que eso lo hizo una mujer”; la respuesta que procede es “y cómo sabe usted que fue un hombre”. Es decir, al varón se le presupone, es el sujeto por defecto; a la mujer (lo Otro, en términos de Beauvoir) hay que justificarla.

 

Cap. 6. Vosotras no deberíais hacer eso (Parte 1: la caza)

La caza sería otra actividad de la que la mujer habría sido excluida según las interpretaciones clásicas. Sin embargo, la evidencia arqueológica muestra lo contrario. Al hilo de esto, la autora presenta ciertas ideas que nos vuelven a recordar a las teorías de Beauvoir (de nuevo, sin ningún reflejo de ello en la bibliografía), al referirse a la división sexual del trabajo y a la diferente valoración otorgada a las funciones femeninas y masculinas.

 

Cap. 7. Vosotras no deberíais hacer eso (Parte 2: la guerra)

La actividad de la guerra también ha sido considerada un ámbito masculino por el cual el hombre habría merecido mayor reconocimiento histórico que la mujer (de nuevo, el mayor prestigio de las actividades consideradas eminentemente masculinas). Una vez más, la autora relata la existencia de evidencia arqueológica que apoya la idea de que en ocasiones, en ciertos grupos humanos y respondiendo a casuísticas concretas también las mujeres pudieron haber participado en este tipo de actividad.

 

Cap. 8. Vosotras no hacéis estas cosas

Desde una visión que, según la autora, de nuevo tiene su origen en el siglo XIX, también se ha negado la participación de la mujer en la producción tecnológica (asociada en buena medida, por otra parte, a esas actividades, caza y guerra, de las que la interpretación arqueológica las habría excluido). Para Sánchez, se trata de una versión difícilmente defendible del pasado, ya que carecería totalmente de sentido que todo un colectivo, en este caso el de las mujeres, no hubiese hecho ninguna aportación a algo tan importante para su sociedad como la producción lítica o metalúrgica. Sin evidencia científica definitiva ni a favor ni en contra de una posibilidad o de su opuesta, optar sin atisbo de duda por la no participación de la mujer en este tipo de actividad solo se puede considerar como consecuencia de un prejuicio.

 

Cap. 9. Vosotras no deberíais estar ahí

Este capítulo recoge un ejemplo muy significativa del sesgo androcéntrico que la autora critica a lo largo de todo el texto. Cuando se han dado determinados casos de hallazgos arqueológicos que venían a contradecir la interpretación patriarcal, se ha llevado a cabo un enorme esfuerzo por adaptar los datos a semejante visión (y no a la inversa, tal como exigiría el rigor científico). Como ejemplo paradigmático, se presenta el de la urna funeraria ibera conocida como Dama de Baza (hallazgo que no se sitúa precisamente en tiempos decimonónicos, sino en los años 70 del siglo XX). Los análisis indicaron que el sujeto era una mujer; pero el problema surgió por el hecho de que el ajuar que la acompañaba en su enterramiento (artículos de armamento) era considerado propio de un varón. En lugar de reconocer la posibilidad de que una mujer pudiese ser identificada como guerrera, se prefirió cualquier otra explicación que excluyese esa posibilidad, como la de afirmar que en realidad se trataría de un varón o la de que, en el caso de ser realmente una mujer, habría sido enterrada así en condición de esposa, madre o hija de… el varón relevante correspondiente. Como en otros momentos del libro, Sánchez no pretende ofrecer ninguna interpretación propia de modo taxativo, sino que critica que sí se presente de tal manera la interpretación androcéntrica en ausencia de evidencia que la respalde y, por lo tanto, tan solo como resultado de un claro prejuicio. A lo largo del capítulo, se presentan los ejemplos de otros casos en que se ha producido un fenómeno similar al descrito. La conclusión es que “cuando aparecen restos arqueológicos que no se corresponden con el discurso ya establecido y que rompen con lo previsto, se tiende primero a ignorarlos y después a intentar que encajen con lo ya conocido”.

 

Cap. 10. Eppur si muove

Se habla de la conocida como joven de Egtved, restos de un cuerpo femenino hallados en una sepultura. Lo que llama la atención es que los análisis químicos muestran que esta mujer nació a 800 kilómetros del lugar donde fue enterrada y que, además, a lo largo de su vida sus desplazamientos fueron numerosos y cubrieron grandes distancias. Aunque no podamos conocer el cómo y porqué de ello, tal evidencia rompe con otro de los estereotipos impuestos por la visión tradicional: el de que solo los hombres podrían haber tenido un grado tan alto de movilidad en tanto protagonistas de la actividad guerrera, comercial o política. Una vez más y como en los capítulos anteriores, la evidencia sirve para contradecir interpretaciones que no se basan en esta sino únicamente en los prejuicios androcéntricos.

 

Cap. 11. Desde el principio

El capítulo comienza recordándonos la idea general que sobrevuela toda la obra: la de que la mirada androcéntrica ha venido dominando la interpretación de la prehistoria. Y para ello se recurre a un caso muy significativo: el célebre fósil de Homo antecessor hallado en el yacimiento de Atapuerca que fue bautizado como “chico de la Gran Dolina” se reveló finalmente, gracias al análisis dental, como una hembra. ¿Por qué se decidió entonces, en un primer momento y sin evidencia ninguna en uno u otro sentido, que se trataba de un varón? Si se hubiera optado por bautizar inicialmente al fósil como “chica”, inmediatamente hubieran arreciado las voces acusando de interpretación sesgada y de forzar las cosas. ¿Por qué no al haber sido a la inversa? Obviamente, la explicación se encuentra en la tradicional adopción de lo masculimo como absoluto, como neutro, como el sujeto por defecto (frente a lo femenino como lo Otro, volviendo a lo expresado por Beauvoir). En palabras de la autora, “hemos decidido que ser hombre es la norma y que a las mujeres tienen que demostrarnos”. De la misma manera que no se ha visto a la mujer en determinadas actividades o espacios (tal como se ha mostrado en los caps. 5 a 10), se la ha silenciado incluso en algo tan elemental como la misma trayectoria evolutiva.

 

Cap. 12. Cuidar

Cap. 13. Parir

Cap. 14. Amamantar

Cap. 15. Alimentar

Cap. 16. Sanar

Nos encontramos aquí con una serie de capítulos en que se muestra de qué manera determinadas funciones biológicas y culturales identificadas con lo femenino han sido desvalorizadas desde el punto de vista interpretativo tradicional y, de ese modo, excluídas del relato histórico. Solo la arqueología con perspectiva feminista se ha ocupado de estas actividades.

Como ejemplo, así sucede con lo que constituye el tema del primero de estos capítulos: las actividades de mantenimiento (que, aunque así las denomina la autora, son lo que habitualmente llamaríamos “de cuidado”). En este caso, contrasta enormemente su escasa valoración con el grado de importancia real que poseen para el sostenimiento de una sociedad. Y otro tanto se da con la capacidad reproductiva, la actividad de la lactancia o las prácticas alimentarias o de sanación.

 

Cap. 17. Tecnologías y cuerpos

Se expone aquí el hecho de que las mujeres también han sido excluidas de la historia de la técnica. Y ello está en relación precisamente con lo expuesto en los capítulos inmediatamente anteriores, ya que se obvia que la tecnología no se ha encontrado ligada tan solo a las actividades identificadas con el varón (caza, guerra…) sino también a aquellas identificadas con lo femenino (“tecnologías domésticas”).

 

Cap. 18. Biografías

En este capítulo se refiere un aspecto de la investigación arqueológica consistente en deducir las experiencias vitales de los sujetos del pasado a partir de sus restos o de los objetos asociados a los mismos (lo que la autora denomina “arqueología del cuerpo”). Ello permite aproximarse a las biografías de las mujeres de la prehistoria y mostrarnos, así, cual fue su auténtica realidad vital, más allá de la interpretación propiciada por los prejuicios androcéntricos que ha sido denunciada a lo largo de todo el texto.

 

Cap. 19. Hoy

Este último capítulo ejerce a modo de conclusión, recordándonos la importancia de una arqueología desde una perspectiva feminista y todo lo que todavía queda por hacer en este sentido.

 

En conclusión, un texto muy interesante, al tratarse de una perspectiva de investigación en la que aún queda mucho por hacer y que conviene acercar al gran público tal como se hace con este libro, escrito en un tono enormemente divulgativo y accesible.

 

sábado, 23 de julio de 2022

HARARI: "SAPIENS. DE ANIMALES A DIOSES"

                

                                                  


Yuval Noah Harari

Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad

(Sapiens. From Animals into Gods. A Brief History of Humankind)

Año de publicación: 2011

Edición: Debate, Barcelona, 2015


“Hace 70.000 años, Homo sapiens era todavía un animal insignificante que se ocupaba de sus propias cosas en un rincón de África. En los milenios siguientes se transformó en el amo de todo el planeta y en el terror del ecosistema. Hoy en día está a punto de convertirse en un dios, a punto de adquirir no solo la eterna juventud, sino las capacidades divinas de la creación y la destrucción”.

 

Creemos que a esta alturas no será necesario presentar a Yuval Noah Harari, historiador israelí que en los últimos años se ha convertido en un auténtico fenómeno comercial del género ensayístico con la trilogía de obras que inaugura este Sapiens y se completa con Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI (título este último que ya reseñamos aquí).


Aunque Sapiens se presenta en su subtítulo como una “breve historia la humanidad”, hay que aclarar que no recoge, como podría pensarse a partir de ello, una sucesión de acontecimientos, fechas y nombres concretos a modo de protagonistas de esa historia. Su objetivo es otro: el de desvelar las grandes líneas de desarrollo de nuestra especie desde su aparición hasta la actualidad, deteniéndose en los que el autor considera principales hitos de ese devenir. Y ello, además, proponiendo una interpretación personal y peculiar de algunos de los avatares que han jalonado esa historia, siendo esto último la aportación realmente de interés que encontramos en la obra de Harari. Podremos estar de acuerdo o no con algunas de sus interpretaciones, pero es indudable que todas ellas nos inducen a repensar determinadas cuestiones, lo cual no es poca cosa. En definitiva, y por lo anterior, nos parece que el calificativo que mejor corresponde a este texto es el de estimulante.


El eje vertebrador de la propuesta de Harari se encuentra formado por lo que él considera tres “revoluciones” que habrían constituído auténticos puntos de inflexión en el devenir de la especie humana: la revolución cognitiva (producida hace 70.000 años), la revolución agrícola (producida hace 12.000 años) y la revolución científica (producida hace 500 años). Alrededor de estos tres fenómenos, Harari articula su interpretación de la evolución cultural del Homo sapiens y de lo que este ha llegado a ser (o incluso puede llegar a ser, tal como se expone en los restantes títulos de la trilogía).


La primera parte del libro, bajo el título “La revolución cognitiva”, comienza destacando el hecho de que Homo sapiens fuese en su momento una especie homínida más entre tantas otras, dedicando algunas páginas a describir algunos de sus rasgos como especie: desarrollo cerebral, bipedismo, sociabilidad compleja, fabricación de herramientas, dominio del fuego… Pero lo que particularizaría a nuestra especie sería el hecho de acabar imponiéndose como la única perviviente entre todos los humanos, en competencia directa con el neandertal en el último periodo de ese proceso. De entre las diversas hipótesis posibles sobre el porqué de semejante éxito, el autor opta por una explicación que remite al fenómeno de la “revolución cognitiva”, la cual será en cierto modo la principal de las tres en cuanto que convierte a nuestra especie en lo que es y por tanto abre la puerta a las dos restantes. El desarrollo de las capacidades cognitivas del sapiens y, en relación con ello, de su capacidad lingüística, le habría otorgado una habilidad única entre los seres vivos: la de elaborar, transmitir y compartir colectivamente ficciones o relatos (las religiones, la idea de nación, los códigos morales y legales…). Es decir, mientras los restantes lenguajes del mundo animal solo pueden referirse a lo que existe objetivamente, el lenguaje humano puede hablar de ficciones. Tales relatos habrían tenido como función cohesionar grupos humanos cada vez más amplios y posibilitar la cooperación de sus miembros en vista a objetivos comunes, logro que hubiese sido imposible de cualquier otra manera. Sería este mecanismo de cooperación a mayor escala que en ninguna otra especie homínida, lo que hubiera otorgado a sapiens el poder de desplazar a sus competidores en el ecosistema. Es más, la revolución cognitiva también habría permitido a sapiens liberarse de las ataduras de la evolución biológica al abrir las puertas a la adaptación mediante la evolución cultural, mucho más rápida y versátil (“la revolución cognitiva es, en consecuencia, el punto en que la historia declaró su independencia de la biología”).


Una vez que Harari ha formulado su tesis personal, esta primera parte del libro se completa con dos interesantes asuntos. Por una parte, una descripción del modo de vida cazador-recolector de nuestros antepasados prehistóricos. No se trata de algo que carezca de importancia para entender quiénes somos, pues “muchas de nuestras características sociales y psicológicas actuales se modelaron durante esta larga era preagrícola”. Aunque habitualmente no lo apreciamos por no adoptar la adecuada perspectiva temporal, hemos de tener en cuenta que el modo de vida paleolítico ha ocupado la mayor parte del tiempo de la existencia de nuestra especie hasta hoy, abarcando los milenios que mediaron entre la primera de las revoluciones, la cognitiva, y la segunda, la agrícola.


Por otro lado, y aunque el autor declara explícitamente que no pretende idealizar el modo de vida propio de esos tiempos, sí parece hacerlo en cuanto que nos presenta esa “sociedad opulenta original” gozando de “un estilo de vida más confortable y remunerador” que el de la mayoría de los humanos posteriores. De hecho, en la segunda parte del libro nos presentará la salida de ese estado (con la llegada del neolítico) ni más ni menos que como el momento en que se torció la historia de la humanidad.


El último tema tratado en esta primera parte es el del efecto destructivo que la expansión a lo largo del planeta del sapiens paleolítico tuvo sobre diversos ecosistemas, lo que nos otorga ya desde entonces y hasta el día de hoy, cuando desgraciadamente ya podemos vislumbrar incluso nuestra autodestrucción, “la dudosa distinción de ser la especie más mortífera en los anales de la biología”.


La siguiente parte del libro va a estar dedicada a la segunda de las grandes revoluciones humanas enumeradas por Harari: la revolución agrícola que se produce en el neolítico.


La interpretación tradicional y extendida es la de que la domesticación de plantas y animales supondría un enorme progreso para el ser humano. Pues bien, Harari difiere de esta visión. Para él, este nuevo estadio de la humanidad es en realidad “el mayor fraude de la historia”, en tanto que no trajo consigo nada que supusiese una mejora real en comparación con el estilo de vida de las sociedades cazadoras-recolectoras sino, al contrario, una menor calidad de vida: peor alimentación, más enfermedades, un trabajo más duro y que requiere mayor tiempo de dedicación, menor seguridad económica… En una muy original interpretación, para Harari las auténticas y únicas beneficiarias de la revolución agrícola serían las especies vegetales que “domesticaron a Homo sapiens, y no al revés”, dado que en su nueva relación con el ser humano lograrían una importante mejora, en términos puramente evolutivos, de su situación en el ecosistema. La explicación que ofrece Harari de que la revolución agrícola triunfase a pesar de lo anterior se refiere al hecho de que, aunque perjudicase a los individuos, beneficiaba a la especie en el sentido de que permitió su multiplicación a una escala nunca antes vista. Los individuos, mientras tanto, y en un proceso gradual que abarcó siglos, perderían la noción de lo que realmente respondía a sus auténticos intereses, actuando así contra estos en lo que no sería sino un fenómeno de alienación (nada muy diferente a cuando en el mundo contemporáneo nos sometemos a un consumismo que responde a falsas necesidades creadas bajo la creencia de que en ello reside la clave de nuestra felicidad, por ejemplo).


En un apunte animalista (Harari es vegano y budista), se hace notar que los miembros de nuestra especie no serían los únicos perjudicados por la revolución agrícola, sino también los de las especies animales domesticadas y puestas al servicio del sapiens sin tener en cuenta su bienestar ni por lo más lejano, a pesar de que su multiplicación como especie, igual que en nuestro caso, se viese favorecida. Por ello, “esta discrepancia entre éxito evolutivo y sufrimiento individual es quizá la lección más importante que podemos extraer de la revolución agrícola”.


En este punto, el elemento más importante a tener en cuenta es que la expansión demográfica que caracteriza a la revolución agrícola trae consigo la necesidad de cohesionar a esos cada vez más crecientes grupos humanos para posibilitar la cooperación. Y ello se consigue mediante los mitos compartidos socialmente, ya se trate del Código de Hammurabi o de la Declaración de Independencia de EEUU (que son los ejemplos presentados por el propio autor en este momento del texto), los cuales, para que cumplan eficazmente su función, no han de ser vistos por los sujetos como las ficciones u “órdenes imaginados” que realmente son, sino como realidades con validez objetiva, y por ello se educa a la gente para convertirla en “creyente” de esos relatos.


Ahora bien, puesto que la información que compone esos relatos, además de no encontrarse inscrita en los genes, es cada vez mayor, surge la necesidad de un recurso para recogerla y transmitirla. Y por ello Harari dedica un capítulo íntegro a un fenómeno tan esencial en el desarrollo de la humanidad como es la escritura, hablando sobre el proceso de su aparición histórica.


La segunda parte del libro se cierra con un capítulo en que el autor expone la idea de que muchos de los “órdenes imaginados” a lo largo de la historia de la humanidad no han sido “neutros ni justos”, puesto que han legitimado desigualdades basadas en condiciones como la raza, el estatus social o el género. Y aquí encontramos que Harari incurre en una importante debilidad teórica. Como estamos viendo, la piedra angular de todo su discurso consiste en la idea de que todo orden cultural (sistemas politicos, económicos, religiosos, morales, jurídicos…), como constructo social que es, responde a una convención plenamente intersubjetiva. ¿Cómo, entonces, pretende presentar su valoración acerca de lo que resulta injusto con pretensiones de objetividad? Obviamente, nos encontramos aquí una vez más con la contradicción interna propia del relativismo, posición que a fin de cuentas constituye el trasfondo de esa tesis de Harari acerca de los “relatos” (situándole, a nuestro parecer, en la estela del posmodernismo).


En la tercera parte del libro, y antes de tratar sobre la tercera de las grandes revoluciones en la cuarta, Harari va a ocuparse de desarrollar la idea de que la tendencia histórica universal (la “flecha de la historia”) es, como reza el título de esta parte, la “unificación de la humanidad”. Desde aquella inicial ampliación de los grupos de sapiens paleolíticos que nos permitió imponernos sobre las restantes especies, la historia humana habría seguido una dirección única: la de aglutinar a los seres humanos en agrupaciones cada vez mayores y más abarcantes con la meta final de un orden universal. Y ello, como siempre, gracias a la expansión de determinados relatos compartidos. Tres son los elementos que se han postulado como órdenes universales: el orden económico monetario, la estructura politica imperial y la religión, y a ellos dedica Harari sendos capítulos.


Y llega finalmente la tercera revolución, tratada en la parte cuarta y última del libro: la científica, gracias a la cual el último medio milenio de la historia de la humanidad ha contemplado un desarrollo sin parangón con toda la existencia previa de nuestra especie en cuanto a intensidad y velocidad.


Harari comenzará describiendo lo que hemos de entender por ciencia. Según él, lo principalmente original y definitorio de la ciencia moderna con respecto a modos anteriores de explicar el mundo (aunque no deja de mencionar y describir otras características epistemológicas del conocimiento científico) sería, en primer lugar, el reconocimiento de la propia ignorancia (lo que la diferenciaría de la religión), y, en segundo lugar, el hecho de que los conocimientos obtenidos de ese modo pueden tener como consecuencia un aumento de poder sobre el mundo, apareciendo así la idea de progreso. Son esos rasgos los que permitirían la relación entre ciencia, política (en concreto, el imperialismo) y economía (en concreto, el capitalismo) que daría lugar al desarrollo científico producido a partir del siglo XV en la cultura europea (y que por ello no se produciría en otros contextos culturales), ya que el trabajo científico se nutre del favor de los poderes político y económico, y ello porque estos consideran que pueden recibir a cambio ciertos beneficios prácticos en forma de conocimiento, tecnología e incluso justificación ideológica, que a su vez redundarían en riqueza. Así, Harari explica de qué manera las operaciones de exploración y colonización de otros continentes que los europeos llevaron a cabo desde un afán imperialista a partir del siglo XV y a lo largo de toda la modernidad tuvieron un papel fundamental en el impulso de nuevos descubrimientos científicos y en el interés hacia los mismos por parte de los poderes políticos y económicos del momento, dando lugar al surgimiento y desarrollo inicial de la ciencia moderna.


También, al considerarlo una fuerza esencial tras el imperialismo occidental moderno y el desarrollo de la ciencia, se dedica un capítulo al capitalismo y a las creencias y principios que lo rigen, con respecto a lo cual el autor es sumamente crítico al mostrarlo como un sistema injusto que, aunque beneficie a una minoría, genera sufrimiento para buena parte de la población.


El siguiente momento histórico clave en el desarrollo científico-tecnológico sería el de la revolución industrial, caracterizada por fenómenos como el mejor uso de la energía o el aprovechamiento de las materias primas.


No obstante, también existen aspectos negativos de la industrialización, y así nos encontramos con la descripción que se realiza del cruento trato dado por el ser humano a otras especies animales, cosificadas en pro de su utilización alimentaria (nótese que, para cada una de las tres revoluciones que recoge su tesis, Harari, budista y vegano, como ya dijimos, se detiene en denunciar que las acciones de Homo sapiens han sido sumamente dañinas para otros seres vivos).


Harari sigue describiendo otros de los rasgos que considera definitorios del mundo contemporáneo, como el fenómeno del consumismo desenfrenado y sin sentido que es consecuencia indeseable del desarrollo industrial puesto al servicio del capitalismo; la degradación ecológica; la pérdida de importancia de la familia y la comunidad local frente al Estado, el mercado o esas realidades intersubjetivas que son las “comunidades imaginadas” (una de estas, en la que Harari se detiene especialmente, sería la nación), o la reducción de la violencia, tanto dentro de los estados como entre ellos, a un nivel nunca antes conocido en la historia de la humanidad (en la línea de la tesis de Steven Pinker).


Nos ha resultado especialmente interesante (quizás por tratarse del más “filosófico” de todo el libro) un capítulo en que el autor plantea la cuestión acerca de si el desarrollo de la humanidad ha traído o no consigo un incremento de la felicidad de los individuos, ya que, aunque “los historiadores rara vez se plantean estas preguntas”, sin embargo “son las preguntas más importantes que se pueden hacer a la historia”. Para tratar la cuestión alude a estudios empíricos, así como analiza los diversos posibles factores que, según distintas interpretaciones, puedan influir en la felicidad humana, tales como condiciones materiales, expectativas subjetivas, la condición bioquímica o genética del sujeto o el sentido que se atribuya a la propia existencia. Hemos de hacer notar que al hilo de estas cuestiones Harari parece adoptar una postura personal con respecto a lo político y social que podríamos calificar como conservadora, conformista e incluso nihilista.


El último capítulo del libro enlaza muy hábilmente con el siguiente volumen de la trilogía, Homo Deus. En él se expone la posible superación, en un futuro no demasiado lejano, de la actual condición del ser humano a favor de algo que trascienda la categoría de Homo sapiens (se trata, en definitiva, de la cuestión del transhumanismo, aunque en ningún momento se emplee este término), gracias a las posibilidades que nos ofrecen avances en terrenos como el de la ingeniería biológica o la ingeniería de cíborgs. Se describen las posibilidades que ello pueda ofrecer y la problemática sociopolítica y ética que de ello se podría derivar.


Y en un epílogo de apenas página y media, Harari exhibe una postura negativa y pesimista con respecto a la condición humana y su futuro que tal vez aparezca ante el lector de un modo asaz brusco, al no compadecerse del todo con el tono del resto del texto, más comedido e incluso equidistante (tal vez demasiado, en más de un momento) aun presentando abundantes comentarios críticos.


En conclusión, se trata este de un texto interesante pero en absoluto exento de posibles objeciones. En primer lugar, en el plano puramente teórico, habiendo recibido numerosas críticas por considerar muchas de sus tesis como infundadas y excesivamente especulativas. Pero también por el posicionamiento personal del autor (que se trasluce de manera inequívoca en muchos de los momentos del texto) al respecto de muchas de las cuestiones que expone. No obstante, como dijimos más arriba, se presentan suficientes ideas sugerentes y estimulantes para la reflexión y el debate como para que la lectura merezca la pena. En consecuencia, recomendamos echarle un vistazo, aunque siempre con una sana prevención escéptica.