Buscar en este blog

domingo, 10 de abril de 2022

ALGUNOS DILEMAS MORALES

 

Recientemente participé en un curso de formación para el profesorado que versaba sobre dilemas morales y su aplicación como actividad para el aula, y se nos pidió una tarea final consistente en una propuesta personal al respecto. He pensado que, como manera de rentabilizar más el tiempo y esfuerzo dedicados a ello, podría aprovechar tal trabajo como un contenido más para el espacio en que nos encontramos. A fin de cuentas, en buena medida este blog es una especie de diario de algunas de mis ocupaciones como “aprendiz de filososofía”, tal como digo en la presentación que aparece en la columna de la derecha. Incluso es posible que este material que he decidido compartir pueda resultar de utilidad a alguien. Traslado aquí el texto tal cual lo redacté y presenté originalmente como ejercicio del susodicho curso, sin ningún tipo de adaptación.

 

                                            https://st.depositphotos.com/2333109/2567/i/600/depositphotos_25674735-stock-photo-scales-of-justice.jpg 

 

Los dilemas que voy a proponer se basan todos ellos en algún material de partida. Siempre que procede, ilustro o apoyo los contenidos que expongo en mis clases con algún recurso escrito o audiovisual: un texto ensayístico o literario, un artículo de prensa, un documental o película... Así que he decidido adoptar aquí esa tónica de trabajo que me es habitual, recurriendo sucesivamente, y buscando la mayor variedad posible, a un relato breve, una película, un capítulo de una serie de televisión y un artículo de prensa.

Con todos ellos, el proceso de trabajo sería el mismo, constando de los siguientes pasos:

1. Visionado o lectura del material en cuestión por parte del alumnado (puede hacerse de manera individual o conjunta). Y ello sin ninguna explicación previa acerca de lo que van a encontrarse; me gusta enfrentarles a ello sin ningún tipo de condicionamiento, expectativa o prejuicio.
 

2. Una vez completado lo anterior, sí se pueden hacer todas las aclaraciones pertinentes ante posibles dudas del alumnado para que su comprensión de lo visto o leído sea plena, incluso revisitando algún fragmento del material.


3. Se le presentan al alumnado los términos del problema moral suscitado (en la parte en que me ocupe de los materiales que voy a proponer, detallaré esto para cada uno de ellos).


4. Se desarrolla el debate entre el alumnado, con el profesor ejerciendo el papel de moderador e impulsor del diálogo, siempre instando a los participantes a que argumenten sus aportaciones de forma suficiente.


5. El alumnado recoge sus conclusiones por escrito. En todas las actividades de este estilo que llevo a cabo, añado esto como culminación. Por una parte, porque me resulta muy útil disponer de un instrumento de evaluación de este tipo, pero también porque considero que enfrentarse al papel en blanco constituye una buena manera de verse obligado a una reflexión final meditada.


Diría que lo que presento aquí sería apropiado a partir de un nivel de 3º de ESO inclusive.


Procedo, pues, a enumerar los materiales y temas que propongo (todos ellos son fácilmente localizables en la red, por cierto). Excepto el último de ellos, debido a su novedad, todos los he utilizado en algún momento en mis clases, y generalmente con buen resultado, ya que consiguen despertar el interés del alumnado.


a) El relato Los que se marchan de Omelas, de Ursula K. Le Guin.

Le Guin es un clásico del género de la ciencia ficción. Ella misma, en el prefacio al relato seleccionado, lo presenta como dilemático a partir de una cita de William James: «Consideremos la hipótesis de que se nos ofreciera un mundo en el que fueran posibles las utopías de Fourier, Bellamy y Morris, y en el que, por tanto, millones de personas fueran siempre felices, pero con la única condición de que un alma perdida más allá de las cosas tuviera que llevar una vida de solitario tormento. Por mucho que nos tentara el impulso de agarrarnos a una felicidad así ofrecida, sólo una emoción muy específica e independiente podría hacernos sentir todo lo repugnante que sería disfrutar de ella a cambio de aceptar deliberadamente un trato semejante.»

La historia es la siguiente: Omelas es una ciudad idílica, cuyos habitantes viven en una felicidad perfecta, ajenos al más mínimo de los males o inconvenientes que puedan aquejar a cualquier comunidad humana. Todo resulta asombrosamente perfecto, en una situación de absolutas prosperidad, belleza y alegría. Pero se da la circunstancia de que esas condiciones dependen del hecho de que un niño se encuentra recluido en un sotano en condiciones atroces, desnutrido, sentado sobre sus propios excrementos y aislado de todo contacto humano, un niño que no siempre vivió así, que recuerda la luz del sol y la voz de su madre, que en un tiempo aún gritaba, lloraba y rogaba pidiendo que le liberasen con la promesa “seré bueno, seré bueno…” (cuando sabemos que jamás ha cometido ningún mal), pero que ya solo se limita a gemir para sí. Todos los ciudadanos de Omelas conocen esto, ya que se les explica en su infancia, y muchos de ellos acuden a observar al niño. Aborrecen su situación, y reconocen que sería bueno liberarle, pero también saben que ello supondría sacrificar la segura felicidad de miles a cambio de la posible felicidad de uno. Algunos de quienes le visitan, no pudiendo soportar tal estado de cosas, abandonan Omelas para no volver jamás.

Resulta claro que aquí el dilema se propone con respecto a la posición de un consecuencialismo utilitarista: ¿constituye un criterio moral válido de modo absoluto el de “la mayor felicidad para el mayor número”?

Por otra parte, me parece especialmente interesante que este dilema hipotético es fácilmente traducible a un dilema real si planteamos al alumnado (cuando ya han dedicado algún tiempo a reflexionar y debatir acerca de lo narrado en el relato y, por tanto, se han hecho conscientes del problema) que las comodidades y ventajas de que disfrutamos los habitantes del mundo desarrollado dependen en buena medida del sacrificio padecido por los seres humanos de otras partes del planeta.


b) El film La caja de música (dir.: Costa-Gavras, 1989).

Costa-Gavras es un director cuya filmografía se caracteriza por encontrarse cargada de compromiso social y politico. En este drama judicial se presenta la historia de Anne, una abogada cuyo padre ya anciano, Mike, es un inmigrante húngaro a EEUU que se exilió por oponerse al regimen comunista instaurado en su país con el final de la II Guerra Mundial. Un entrañable y perfecto padre y abuelo, ciudadano estadounidense ejemplar, cuya vida se verá alterada cuando el gobierno de su país de origen le identifica y acusa como criminal de guerra nazi, lo cual trae consigo una solicitud de extradición para ser juzgado en Hungría. Su propia hija decide encargarse de su defensa judicial para evitar que sea repatriado, creyendo fervientemente en su inocencia y en que la explicación reside en que le están adjudicando la identidad de otra persona. Sin embargo, conforme avanza el juicio, diversos testimonios y documentos van socavando la seguridad de Anne, aunque en ningún momento convenciéndola de la culpabilidad de Mike, ya que no consigue concebir que la persona que ella conoce como padre pueda ser la bestia abominable que los testigos identifican como responsable de auténticas atrocidades. Tras que el juicio haya sido sobreseído por falta de pruebas definitivas, Anne descubre unas fotografías que demuestran, efectivamente, que Mike es culpable de lo que se le acusa, y su decisión es la de presentar a la justicia esta nueva evidencia. Y en una escena en la que se nos muestra a una Anne desgarrada por el dolor que le provoca el sentirse obligada a hacer lo que considera moralmente correcto, presenciamos un enfrentamiento entre padre e hija en que ella le repudia y le prohíbe volver a acercarse a su hijo, quien adora al abuelo.

Son numerosas las preguntas que podemos lanzar al alumnado en relación con el dilema que se plantea entre llevar a cabo la delación o no. ¿Hace Anne lo correcto o frente al cumplimiento de la ley habría de anteponer sus propios sentimientos y la felicidad de su familia permitiendo que la vida de todos ellos pueda continuar con normalidad? Pero, aunque decidiese no delatar a Mike, ¿realmente esa normalidad sería posible?, ¿podría seguir relacionándose con su padre, o permitir que lo hiciese su hijo, del mismo modo que antes? ¿Tiene sentido castigar unos crímenes ocurridos hace medio siglo y llevados a cabo por una persona quizás muy diferente a la que ella conoce en la actualidad? Aunque, ¿no merecen las víctimas al menos esa reparación moral? Pero, por otra parte, ¿las víctimas ganan con ese desenlace, que no va a devolver la vida a los muertos ni va a hacer desaparecer las secuelas padecidas por los supervivientes, tanto como lo que sacrifican Anne y su familia, la cual queda definitivamente rota y para siempre con la huella de una bestia inhumana?


c) “Oso blanco”, episodio 2 de la segunda temporada de la serie televisiva Black Mirror.

Por si alguien no la conoce, introduzco rápidamente: Black Mirror es una serie televisiva británica emitida entre 2011 y 2019. Sus episodios son independientes entre sí, con historias autoconclusivas y personajes diferentes. La podemos encuadrar en el género de la ciencia ficción distópica, girando sus tramas alrededor de avances tecnológicos que todavía no son reales pero podrían serlo en un futuro bastante cercano como un mero paso más a partir de lo que ya conocemos.

En esta historia vemos a una mujer que despierta desorientada en una casa desconocida sin recordar quién es ni cómo ha llegado allí. Al salir de la casa buscando ayuda comienza a ser perseguida y atacada por varios individuos mientras una multitud de personas asisten a estos acontecimientos como espectadores ansiosos por registrarlo todo con sus teléfonos móviles, en una peripecia en la que el pánico se suma a un absoluto desconcierto. Finalmente, a la protagonista se le desvela (y, al mismo tiempo, al espectador) que fue cómplice del perpetramiento de la tortura y asesinato de una niña que ella se encargó de filmar, tal como ahora otros han hecho con su propio sufrimiento, y que todo lo que ha vivido es un montaje empleado como castigo penal, en una especie de mezcla entre un parque temático y un reality show orquestado específicamente para esa función. Pero lo más terrible llega cuando es devuelta al punto de partida, descubriendo así que la tortura psicológica vivida ya la ha experimentado en numerosas ocasiones anteriores y volverá a repetirse, quién sabe cuántas veces más, cada vez que llegue la hora del siguiente show, y siempre como si fuese la primera vez debido a que su memoria es borrada en cada ocasión. Su último ruego desesperado antes de perder la conciencia es el de que la maten, cosa que, obviamente, no va a suceder.

No estoy muy seguro de que podamos extraer un “dilema” de aquí, en el sentido de que se nos ofrezcan alternativas definidas entre las que elegir, pero en cualquier caso sí permite plantear cuestiones morales de interés. ¿Se trata de un castigo justo y merecido el que padece la protagonista?, ¿o qué otras medidas se deberían o podrían adoptar? Apelando a la relación que existe entre memoria e identidad personal, y teniendo en cuenta que la protagonista no recuerda nada de lo sucedido y que incluso le aterra conocer su participación en el crimen, ¿hasta qué punto podríamos decir que en ese momento sigue siendo la misma persona que cometió dicho crimen? ¿Es aceptable que la violencia o el sufrimiento ajenos, siquiera en un caso como el que aquí se nos plantea, pueda servir como entretenimiento y espectáculo? ¿Podemos justificar o comprender al menos el que haya individuos con el deseo de contemplar semejante espectáculo o que se satisfagan o disfruten con ello?


d) El artículo de prensa de Santiago Alba Rico “Nueve dilemas”, publicado en el diario digital Público el 11/03/22 (https://blogs.publico.es/dominiopublico/43977/nueve-dilemas/).

Reconozco sentir debilidad por Alba Rico, filósofo marxista español; es de esos pensadores que te parece que casi siempre tienen razón. Y, además, sería uno de los guionistas del programa de TV La bola de cristal y de los responsables (junto con Carlos Fernández Liria, otro destacado filósofo) de esos diálogos de los electroduendes que los que ya tenemos ciertas edades atesoramos en nuestra memoria sentimental (sé que mencionar esto es tan anecdótico como tópico cuando surgen estos nombres, pero no lo he podido evitar). En este caso, nos encontramos ante un artículo que presenta una serie de dilemas relacionados con la invasión rusa de Ucrania. Como obvio factor de interés, su actualidad. No obstante, tal cosa también juega en contra, ya que al mismo tiempo conlleva coyunturalidad: publicado el 11 de marzo, la evolución de la situación desde entonces puede haber llevado a que parte de lo que plantea lo juzguemos ahora de manera distinta a como lo hiciéramos en aquel momento. De todas maneras, también se puede emplear de un modo más abstracto y genérico. Me parece especialmente interesante, para proponer al alumnado, el tercero de los dilemas que enumera. En el mismo artículo se enuncian clarísimamente y con precisión todos los interrogantes a poner sobre la mesa, así que me limitaré a citar: “Otro argumento en contra, más convincente, es el del pragmatismo-pacifista, que sostiene que mandar armas a Ucrania prolongaría la guerra y, en consecuencia, la muerte y la destrucción. Es muy razonable, pero si se trata de acortar la guerra por la vía de la indefensión de la víctima, ¿no deberíamos ser coherentes y pedir a los ucranianos la rendición inmediata? Y si, pese a todo, los ucranianos deciden resistir contra nuestra opinión y con pocas u otras armas, ¿no serán responsables entonces de sus propias muertes y de las de sus familias? ¿De la destrucción de sus casas y hospitales? Si esta es la conclusión, podríamos sospechar que el razonamiento tampoco es del todo bueno. ¿Qué hacer entonces? Habrá que cuestionar tal vez el envío de armas, pero no so pretexto de que los ucranianos ¡van a usarlas! No se puede evitar, a mi juicio, la prolongación de una guerra que la propia población agredida quiere prolongar lo más posible, por cabezonería patriótica o/y como medio para alcanzar una negociación en mejores condiciones. Si tengo muchas dudas sobre la conveniencia de esta medida no se debe, pues, solo a las muertes, siempre trágicas, que se pueden provocar con ellas, pero que ocurrirán también sin ellas; no se trata, si se quiere, de una cuestión de principios, pues el de la legitima defensa y el del pacifismo activo se equilibran en muchos de nosotros (que podemos permitírnoslo en la distancia) en un balanceo angustioso. Lo que me preocupa es la escalada armamentística y el horizonte del enfrentamiento nuclear, que obliga a medir todas las posibles respuestas de Putin, de las que, por lo demás, no sabemos nada. ¿Hay alguna forma de proteger la independencia de Ucrania, rechazar la invasión e impedir un holocausto nuclear? Ese es el verdadero dilema, no el de si las armas convencionales, en manos de los ucranianos, van a servir para matar o no. ¿Van a servir para contener a Rusia, para forzar una negociación que asegure una paz duradera y relativamente justa, para evitar la indefensión de los ucranianos frente a las armas rusas? No lo sabemos. Los que responden negativamente aluden a la racionalidad de Putin, que (dicen) no puede tener interés en suicidarse con matanzas sin cuento y a través de una ocupación estable de Ucrania; y sugieren que negociaría antes si obtuviese antes la victoria. Por desgracia, nadie previó la invasión y, por el mismo motivo, es inútil proyectar nuestra racionalidad en la política imperial rusa; ni estar seguros de lo que pedirá un Putin victorioso en una mesa de negociación. Los que responden afirmativamente son incapaces, por su parte, de garantizar la eficacia de las armas ni de evitar los concomitantes peligros en cadena, entre ellos, no el mayor, el de que las armas acaben en manos del batallón Azov.”

viernes, 21 de enero de 2022

LOMEÑA: "FILOSOFÍA A SORBOS"

 

                                      https://cdn.grupoelcorteingles.es/SGFM/dctm/MEDIA03/202001/14/00106532298145____2__640x640.jpg

 

Andrés Lomeña

Filosofía a sorbos

Arcopress, 2020  

 

Nos encontramos aquí con una muestra más de ese género de la divulgación filosófica que tanto prolifera en los últimos años. Como en este blog ya hemos expuesto nuestro ambivalente parecer al respecto, nos abstendremos de volver a hacerlo aquí. En este caso nos encontramos con un libro cuyo autor es un profesor de filosofía (entendemos que en enseñanza secundaria) andaluz, y colaborador de la publicación digital The Huffington Post. Lo primero que nos encontramos es una portada y contraportada que juegan con los peores tópicos (porque a estas alturas ya se han convertido en tales) del marketing editorial de esa divulgación filosófica de la que hablábamos: la figura de Sócrates con un cubo de palomitas entre las piernas, su rostro con gafas de sol pixeladas… en fin, solo falta que lo presenten ataviado de rapero. Al parecer, acercar la filosofía al gran público equivale a tomarle por imbécil. Dejando a un lado la vergüenza ajena que suelen producir las decisiones de los editores de este tipo de libros en lo que se refiere a la presentación, vayamos al contenido. El problema es que tampoco en lo referido a ello han andado acertados los responsables. En portada nos encontramos con una leyenda que reza “un libro de texto atípico”, y no, no lo es. Un “libro de texto atípico” sería, por ejemplo, Antimanual de filosofía de Onfray, que consiste en una obra que, si bien desde la heterodoxia, un profesor de filosofía podría emplear con sus alumnos, pero aquí no encontramos nada similar. Difícilmente ninguno de los textos que conforman este libro podría ser presentado tal cual al alumnado (a pesar de que el mismo autor parece apoyar esa concepción en alguna medida en el epílogo del libro, así como aludiendo en segunda persona a sus propios alumnos en algunos de los textos; pero, desde nuestra experiencia personal, insistimos en que no acabamos de ver tal cosa); sino que en todo caso podrían ir dirigidos al profesorado de la materia. Lo que aquí tenemos es una gran cantidad de artículos breves (de un par de páginas en su mayoría) que recorren una variadísima temática y que bien podrían responder al formato de columna periodística o (más contemporáneamente) de entradas de un blog. Como hemos dicho, no son propiamente textos que un profesor de filosofía pudiera aprovechar como recurso didáctico para su alumnado. Lo que sí ofrecen, y ahí encontramos uno de sus valores, es una buena cantidad de ideas que ese profesor podría trasladar a sus clases.

Hemos de confesar que en los primeros momentos de enfrentarnos al libro tuvimos la tentación de realizar una lectura fragmentaria y superficial, al pensar que no merecía emplear nuestro tiempo en ello de manera más detenida y rigurosa (es tanto lo que tenemos por leer…). Sin embargo, transcurridas unas 50 páginas, acabamos encontrando el suficiente número de ideas interesantes como para que acabásemos cambiando de opinión a ese respecto. Además, nos llamó la atención que muchos de los conceptos expuestos y de las referencias empleadas (en la mayor parte de las páginas abundantísimas hasta lo abrumador) coincidiesen con lo que nosotros mismos solemos exponer en nuestras clases (el bagaje de recursos común de los profesores de filosofía de instituto, claro). Así, entre la identificación personal con el autor y lo atractivo del punto de vista expuesto al respecto de ciertas cuestiones, decidimos, al contrario de nuestra intención inicial, emplearnos a fondo en la lectura. Una lectura que ha de llevarse a cabo, eso sí, a pequeños “sorbos”, tal como expresa el título del libro y el mismo autor recomienda en la introducción. A ello invita lo ofrecido por estas páginas, constituido, como ya hemos dicho, por una gran cantidad de brevísimas píldoras de temática súmamente variada.

El libro se estructura en tres partes, cada una de ellas dedicada a un distinto tipo de “sorbo”, que el autor clasifica en función de los conocimientos previos que requieran del lector. Los “sorbos fríos” resultan accesibles a cualquiera, en tanto que tratan de asuntos más o menos cotidianos acerca de los cuales raramente alguien padecería desconocimiento: los bostezos, los tatuajes, el cáncer, los coches, el porno, la guerra, el suicidio, las drogas, el fútbol, las redes, los videojuegos… Los “sorbos templados” y los “sorbos calientes”, sin embargo, requerirían, para su plena comprensión y disfrute, del conocimiento previo de alguna referencia determinada. Según el autor, en el caso de los calientes es necesario el visionado de una película o un capítulo de una serie de televisión; efectivamente, todos ellos hacen referencia a tal tipo de materiales. Mientras que, de nuevo según el autor, los templados serían una especie de término medio entre las otras dos categorías; y también muchos de ellos aluden a ficciones fílmicas, aunque en este caso también a artistas musicales o filósofos. El listado es innumerable; como mero ejemplo, mencionaremos a Einstein, Bergson, Maimónides, Escoto, Kant, Lady Gaga, Alanis Morissette, Piratas del Caribe, Rick y Morty, Avatar, Juego de tronos, La vida de Pi, Gangs of New York... En general, se recurre sobremanera a la cultura popular, lo que indudablemente resulta una buena manera de despertar el interés del alumnado.

Confesamos que no hemos podido evitar realizar una lectura de este libro desde el punto de vista del profesor de filosofía, viendo en él, como decíamos más arriba, una fuente de inspiración en cuanto que presenta numerosas ideas trasladables a nuestras aulas. De hecho, Lomeña invita a sus colegas profesores a que “amplíen, recorten o reinterpreten sus páginas”. No obstante, es obvio que puede interesar a cualquier lector independientemente de lo anterior. La intención que anima al texto, recurriendo, como hemos visto, a lo cotidiano y cercano a la mayoría de los potenciales lectores, es la de mostrar al lego que la filosofía no es necesariamente algo árido, inaccesible, solo para especialistas, ajeno a la experiencia inmediata... Como dice el autor en el epílogo, el objetivo es conectar la filosofía con “el consumo cultural de las nuevas generaciones”, aunque nos parece que el planteamiento también es válido aplicado a otras generaciones anteriores. En definitiva, se trataría de acercar al gran público esta disciplina que Lomeña, en la introducción, califica no ya “en crisis” sino incluso “malherida” (como las más recientes reformas educativas en nuestro país nos permiten constatar). Este es el propósito habitual de la divulgación filosófica, si bien solo en contadas ocasiones se consigue, y posiblemente en esta sí. Merece la pena echarle un vistazo.

miércoles, 19 de enero de 2022

ECO: "CÓMO VIAJAR CON UN SALMÓN"

 

                                                  https://cdn.zendalibros.com/wp-content/uploads/como-viajar-con-un-salmon.jpg

 

Umberto Eco

Cómo viajar con un salmón

(Come viaggiare con un salmone)

Traducción: Helena Lozano Miralles

Año de publicación: 2018

Edición: Lumen, Barcelona, 2020

 

En lo que se refiere al autor, sobran las presentaciones (o deberían sobrar, y, si no, que cada cual haga sus deberes y se informe), por lo que dejaremos ese asunto aquí mismo.

Lo que quizás sí requiera cierta aclaración es la inclusión en nuestro espacio del comentario acerca de este libro. Y ello porque, hasta el momento, todo lo que hemos reseñado aquí ha pertenecido al género ensayístico referido a áreas más o menos afines a la filosofía (aunque entendiendo esto en un sentido muy laxo y amplio). En este texto encontramos, sin embargo, otra cosa. Se trata de una obra póstuma (Eco nos dejó desgraciadamente en 2016) que compendia una serie de artículos publicados previamente en prensa y fechados entre 1975 y 2014, aunque la mayor parte de ellos corresponden a la década de los 80 del siglo XX. Según la nota a la presente edición que abre el volumen, parte de ellos ya fueron publicados bajo el título Segundo diario mínimo (Lumen, 1994).

Se trata de un conjunto de textos muy breves (de entre tres y cinco páginas en su mayoría) que poseen como rasgo compartido el comentar críticamente, y desde la ironía o el sarcasmo, diversos aspectos de nuestra sociedad actual. Eco hace gala en estos textos de un humor muy fino, así como de una gran agudeza y lucidez en el análisis de los fenómenos que contempla. La lectura es sumamente ligera y en algún momento incluso consigue algo tan difícil en el caso de la literatura como provocar, más allá de la mera sonrisa, una carcajada sonora.

Decíamos un poco más arriba que quizás proceda justificar la presencia aquí de este libro. En primer lugar, Eco es uno de los intelectuales y humanistas más relevantes del siglo XX, el cual trabajó en diversas áreas (semiótica, estética, comunicología, lingüística…) y no sabemos si estrictamente filósofo (porque cada vez tenemos menos claro en qué consiste tal cosa) pero indudablemente muy cercano a ello. La actitud y la mirada del pensador permean todos sus textos, no solo sus muy abundantes ensayos, sino también los narrativos (El nombre de la rosa, El cementerio de Praga…) o, como en este caso, los periodísticos. E incluso aunque sea, también como en este caso, desde el humor. Estamos dispuestos a defender a ultranza que el humor es una de las más potentes (y serias) herramientas de crítica y cuestionamiento. Y, a fin de cuentas, eso es la filosofía: crítica y cuestionamiento. A lo largo de los textos que aquí encontramos, Eco pone en la picota el mercado del arte, ciertas vivencias cotidianas, la burocracia, la publicidad, las nuevas tecnologías digitales, los medios de comunicación, la divulgación filosófica o el cine porno, entre muchas otras cosas. Y en todo momento consigue conducir al lector a un ejercicio de reflexión sin que este apenas sea consciente de ello, ya que, como decíamos, todo se camufla tras la aparente frivolidad de la humorada.

Como conclusión, solo podemos decir que se trata de una lectura enormemente disfrutable; sugerimos no dejarla escapar.

domingo, 2 de enero de 2022

MARTÍN: "POR SI LAS VOCES VUELVEN"

 

                                             por si las voces vuelven-angel martin-9788408249214

 

Martín, Ángel

Por si las voces vuelven

Planeta, Barcelona, 2021

 

En la mayoría de años académicos que llevo ejerciendo la docencia me ha correspondido impartir la asignatura de Psicología, presente en el Bachillerato como optativa. Se trata de una materia que en la Comunidad Valenciana compete al departamento de Filosofía. Cuando yo cursé la carrera, en los dos primeros cursos existían asignaturas comunes para las licenciaturas de Filosofía, Psicología y Pedagogía, y mi temario de oposiciones incluía una buena cantidad de contenidos correspondientes a esa disciplina (como también a otras ciencias humanas como antropología cultural o sociología). Con todo lo anterior intento transmitir que, aunque me encuentro muy lejos de ser especialista en la materia, al menos me resulta familiar.

Y una de las cosas que siempre he intentado transmitir a mi alumnado en esta asignatura es que las disfunciones, trastornos o patologías mentales no son algo a estigmatizar (además de que, obviamente, los psicólogos no se ocupan únicamente de tal cosa, idea errónea que de por sí ya conduce a estigmatizar a quienes recurren a ellos). El trastorno mental ha constituido tradicionalmente un tema tabú. Pareciera que quien sufre una depresión, una esquizofrenia o un trastorno de ansiedad tuviera que avergonzarse de ello, como si la propia persona fuese culpable de su estado, cuando difícilmente se considera así en el caso de quien padece una enfermedad física. A ello se añade el hecho de que existe una falta de conciencia acerca de que se trata de un fenómeno más común de lo que se cree o se quiere creer. Llevando a cabo de nuevo el paralelismo con las patologías físicas: del mismo modo que es imposible encontrar a alguien que no haya sufrido en algún momento una de estas (aunque se trate de algo tan simple y común como un resfriado, una cefalea o un dolor muscular), lo mismo se da en el caso de las patologías mentales. ¿Quién no ha padecido a lo largo de su vida, de manera más o menos grave o leve, un episodio depresivo, de ansiedad, obsesivo, etc.? Suele ocurrir que la persona a quien le ha sucedido se considera un caso extraordinario, y por ello tiende a silenciarlo, cuando no sería así si descubriese cuantísima gente comparte su experiencia.

Sin embargo, parece que últimamente ha ido creciendo en nuestra sociedad cierta corriente de opinión que lucha contra semejante prejuicio, y a ello puede realizar una buena contribución el libro que nos ocupa. En primer lugar, porque se atreve a hablar de estas cuestiones sin el más mínimo tapujo; en segundo lugar, porque quien aquí se desnuda es un personaje popular y mediático, y en consecuencia alguien que va a atraer al gran público. De hecho, el ejemplar que hemos leído corresponde a su quinta edición, cosa que no creemos que se hubiera dado de ser otro el protagonista del libro. Hablamos de Ángel Martín, comediante de stand up y presentador de televisión.

Sucede que en 2017 Martín padeció un brote psicótico que le llevó a ser hospitalizado. Al parecer, el episodio no duró más de unas semanas; suficiente, no obstante, como para marcar a una persona de por vida. Uno no puede ser el mismo después de pasar por semejante trance, tal como se plasma en el libro. Dos parecen ser las principales motivaciones que han llevado al autor a compartir su experiencia. En primer lugar, y tal como él mismo ha manifestado en entrevistas promocionales del libro, llevar a cabo esa contribución a desestigmatizar la enfermedad mental que consideramos, como decíamos arriba, tan necesaria. Pero también da la impresión de que se trata de un paso más en su proceso terapéutico.

En cualquier caso, lo que nos encontramos aquí es la narración de toda la vivencia experimentada por el autor: la aparición de voces en su mente, la interpretación de todo lo que le rodea como un conjunto de señales dirigidas hacia él y que otorgan al universo un significado hasta entonces desconocido, las conductas extrañas que acaban alertando a sus allegados, la estancia en el hospital, la recuperación, su reconstrucción posterior y lo que queda tras todo ello, que ya no es lo mismo que antes de que el periplo comenzase. La intención de Martín es la de conseguir transmitir al lector lo que él mismo percibía y sentía mientras estuvo “loco”, así como el modo en que ello le ha cambiado, tal como pone de manifiesto el recurso a la ruptura de la cuarta pared que lleva a cabo el narrador de manera constante. Sin embargo, diríamos que tal cosa no siempre se logra plenamente, sino tan solo de manera más o menos aproximada. En primer lugar, porque resulta extremadamente difícil introducirse en la mente de quien ha vivido una experiencia semejante (a menos, suponemos, que uno mismo también haya pasado por ello, lo que muy probablemente sea el caso de algunos lectores, los cuales extraerán de esta lectura algo sustancialmente diferente a lo que hayamos podido extraer nosotros). Y, en segundo lugar, porque, precisamente debido a esa dificultad, para conseguirlo es necesario un tipo de talento literario que aquí el autor no exhibe. Quede claro que no se lo vamos a exigir, ya que no es propiamente “ese tipo” de escritor (su experiencia como tal se ha centrado en su material de comedia, la labor como guionista televisivo… algo igualmente meritorio y admirable, por supuesto, pero que es ”otra cosa”) y dado que ya nos parece sobradamente valioso lo que nos ofrece con este libro. Pero no podemos dejar de lado en esta reseña nuestra opinión acerca de los aspectos formales del texto, en tanto que ha resultado inevitable que nos llamasen la atención. Como positivo, podemos destacar el tono coloquial y cercano, elemento que sí contribuye a lograr en el lector la empatía que se persigue. De hecho, no resulta difícil, para quien ha conocido al personaje en sus monólogos humorísticos o intervenciones en televisión, reconocer su estilo expresivo y hasta “escuchar” su voz a lo largo de la lectura (¿como él aquellas sus voces?… y no es que se trate de una ocurrencia nuestra, sino que él mismo lo sugiere en algún momento). Como contrapartida, nos ha disgustado, e incluso diría que nos ha llegado a irritar, un estilo telegráfico y acelerado que, aunque pueda ser eficaz según lo que se desee expresar en determinados momentos, de abusarse del mismo, como sucede, resulta agotador (de manera paradójica, en tanto que se podría pensar que lo que se pretende con ello es convertir la lectura en más ligera). No es que le pidamos que sea Proust, pero vaya… Baste decir que la mayor parte de los párrafos del texto están constituidos por ¡una sola oración! Si a ello le añadimos la aparición aquí y allá de emojis (aquí introduciría un emoji de estupor, pero desconozco cuál es) o de frases íntegramente en mayúsculas como, suponemos, recurso de enfatización… queda la impresión de que el libro está escrito pensando en aquellas personas cuya fuente de lectura más habitual es Twitter, o quizás se trate de que un servidor ya se está haciendo viejo.

No quisiéramos cerrar esta reseña con lo dicho inmediatamente antes, pues ello podría dejar una impresión equivocada. Independientemente de su calidad literaria (que en absoluto deja de ser correcta, cuidado), el libro merece la pena muy mucho. Nos aproxima a una de las más particulares experiencias del ser humano, y constituye un acto de valentía que merece aún mayor alabanza por venir de un personaje popular. En él encontramos una lectura interesante y amena. Y, sobre todo, puede y debe servir como un granito de arena más en la necesaria y urgente labor de destruir el tabú sobre la enfermedad mental que tradicionalmente ha venido existiendo.